La verdad nunca ha tenido tan buena aceptación entre los hombres como la mentira. Los judíos del siglo I aceptaban sin reparo la mentira que fluía de los líderes religiosos que basaban sus enseñanzas en tradiciones de los hombres, “y a mí, porque digo la verdad, no me creéis”, les dijo Jesús de Nazaret (Juan 8:45).
